Después del gran diluvio, los descendientes de Noé se multiplicaron y se extendieron por la tierra. En aquellos tiempos, todos los hombres hablaban un mismo idioma y se entendían entre sí sin ninguna dificultad. Viajando hacia el oriente, encontraron una llanura fértil en la región de Sinar, y allí decidieron asentarse.
Los habitantes de aquel lugar tuvieron una idea: —Fabriquemos ladrillos y cozámoslos al fuego —se dijeron unos a otros. Y con esos ladrillos, en lugar de piedra, y con asfalto en lugar de argamasa, comenzaron a construir una ciudad. Pero no se conformaron solo con eso.
—Edifiquemos también una torre que llegue hasta el cielo —propusieron—. Así nos haremos famosos y no seremos dispersados por toda la faz de la tierra.
Aquel deseo escondía un problema: en lugar de confiar en Dios y cumplir su encargo de poblar y cuidar toda la tierra, el pueblo quería construir un monumento a su propio orgullo, buscando su propia gloria y permanecer todos juntos en un solo lugar, en contra del plan de Dios.
Dios vio la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y observó que, al compartir un mismo idioma y un mismo propósito, nada de lo que se propusieran les sería imposible, incluso apartándose de Su voluntad. Entonces decidió intervenir: confundió el lenguaje de todos los habitantes, de modo que, de repente, ya no podían entenderse entre sí.
Al no comprenderse los unos a los otros, la construcción se hizo imposible. Los grupos que hablaban un mismo idioma se fueron reuniendo entre ellos, y poco a poco, todos se dispersaron desde allí por toda la faz de la tierra, tal como Dios había querido desde un principio. Aquel lugar fue llamado Babel, porque fue allí donde Dios confundió el lenguaje de toda la tierra.
La historia de la Torre de Babel nos enseña que la verdadera grandeza no está en el orgullo ni en querer alcanzar el cielo por nuestras propias fuerzas, sino en confiar humildemente en el plan de Dios para nuestras vidas.
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