En el libro del Génesis se relata uno de los episodios más importantes de toda la Biblia: El llamado de Abraham. Un hombre ya mayor y sin hijos escuchó la voz de Dios pidiéndole que abandonara todo lo que conocía para seguir una promesa invisible. De esa decisión de fe nacería, según las Escrituras, el pueblo de Israel y una bendición destinada a alcanzar a todas las naciones de la tierra.
Abram, como se llamaba entonces, vivía en Ur de los caldeos, una próspera ciudad junto al río Éufrates, en la región que hoy ocupa Irak. Era hijo de Taré y estaba casado con Sarai, quien no podía tener hijos, algo que en aquella época se consideraba una gran desgracia. Junto a su padre, su esposa y su sobrino Lot, la familia había emprendido ya un primer viaje con destino a la tierra de Canaán, pero se detuvieron en el camino y se establecieron en la ciudad de Harán, donde finalmente murió Taré.
El llamado de Abraham
Fue en Harán donde Dios se dirigió a Abram con unas palabras que cambiarían para siempre el rumbo de su vida: «Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré». No le entregó un mapa ni una dirección exacta, solamente la promesa de que sería guiado paso a paso, día tras día. A cambio de esa obediencia, Dios le hizo una promesa extraordinaria: haría de él una nación grande, bendeciría su nombre y lo engrandecería, y en él serían benditas todas las familias de la tierra. Era una promesa enorme para un hombre que ni siquiera tenía todavía un hijo.
Abram no dudó. Aunque ya tenía setenta y cinco años, una edad avanzada para emprender un viaje tan incierto, tomó a Sarai, a su sobrino Lot, todos los bienes que habían acumulado y las personas que habían adquirido en Harán, y salió rumbo a la tierra de Canaán. No sabía con exactitud a dónde lo llevaría el camino, pero confió en la palabra que había recibido.
Cuando por fin llegaron a Canaán, avanzaron hasta el lugar de Siquem, junto a la encina de More, en un territorio habitado entonces por los cananeos. Allí Dios se le apareció de nuevo y le dijo: «A tu descendencia daré esta tierra». Conmovido por aquella nueva confirmación, Abram edificó un altar en ese mismo lugar, como gesto de gratitud y reconocimiento hacia el Señor que se le había manifestado en tierra extraña.
Desde Siquem continuó su recorrido hacia el sur, hasta llegar a un monte situado al oriente de Betel, donde plantó su tienda, con Betel al occidente y Hai al oriente. Allí levantó otro altar e invocó el nombre del Señor. Poco después siguió avanzando por etapas hacia el Néguev, la región desértica del sur de Canaán, sin instalarse todavía de manera definitiva, como quien sabe que la tierra prometida se irá revelando poco a poco.
Cada altar que Abram construía a lo largo de su camino no era solo un montón de piedras, sino una manera de marcar el territorio con su fe: un recordatorio visible de que Dios había hablado y de que él había decidido responder. Con el tiempo, esos mismos lugares —Siquem, Betel— se convertirían en sitios centrales para la memoria del pueblo de Israel, ligados para siempre a los primeros pasos de su padre en la fe.
La historia de Abram recuerda que la fe verdadera muchas veces comienza sin certezas completas, apoyada solo en la confianza en la palabra de Dios. Su disposición para dejar atrás lo conocido —su tierra, su familia y la seguridad de lo ya establecido— y caminar hacia un destino incierto lo convirtió, según la tradición bíblica, en un padre de la fe: alguien que respondió a un llamado sin ver todavía la promesa cumplida.
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Preguntas frecuentes sobre El llamado de Abraham
Se llamaba Abram y vivía primero en Ur de los caldeos y luego en Harán junto a su familia. Fue después del llamado de Dios, más adelante en su vida, cuando su nombre cambió a Abraham.
Le pidió que dejara su tierra, su parentela y la casa de su padre para ir a una tierra que Dios le mostraría, prometiéndole a cambio hacer de él una gran nación y bendecir a través de él a todas las familias de la tierra.
Según el libro del Génesis (12:4), Abram tenía setenta y cinco años cuando partió de Harán rumbo a la tierra de Canaán.
Porque marca el inicio de la relación de Dios con el pueblo de Israel. Judíos, cristianos y musulmanes consideran a Abraham un padre de la fe, por su obediencia y su confianza en la promesa de Dios sin ver aún su cumplimiento.