En la tierra de Canaán, Isaac y Rebeca tuvieron dos hijos mellizos que, desde antes de nacer, ya luchaban entre sí en el vientre de su madre. Preocupada, Rebeca consultó a Dios, quien le respondió que dos naciones nacerían de ella y que, contra la costumbre de la época, «el mayor serviría al menor». Así nacieron Esaú, cubierto de un vello rojizo poco común, y justo detrás de él, Jacob, sujetando con su mano el talón de su hermano. La historia de Jacob y Esaú es, desde el principio, una historia de rivalidad, engaño y, finalmente, de perdón.
Con el paso de los años, los dos hermanos crecieron muy distintos entre sí. Esaú se convirtió en un hábil cazador que disfrutaba del campo abierto, mientras que Jacob era un hombre tranquilo, que prefería quedarse cerca de las tiendas. Isaac amaba más a Esaú, porque disfrutaba de la carne que este le traía de sus cacerías; Rebeca, en cambio, sentía predilección por Jacob.
Un día, Esaú regresó del campo agotado y hambriento, y encontró a Jacob preparando un guiso de lentejas. Con el estómago vacío y sin pensarlo dos veces, le pidió a su hermano un plato de aquel guiso. Jacob, astuto, le puso una condición: solo le daría de comer si Esaú le vendía su derecho de primogenitura, el privilegio que como hermano mayor le correspondía. Esaú, pensando únicamente en su hambre del momento, aceptó el trato y cambió su herencia por un simple plato de lentejas, sin imaginar las consecuencias que aquello traería.
Años después, Isaac, ya anciano y casi ciego, sintió que se acercaba el final de sus días y quiso dar a Esaú la bendición solemne que correspondía al primogénito, una bendición que en aquellos tiempos tenía un valor casi sagrado. Le pidió que saliera a cazar y le preparara un guiso especial antes de entregársela. Rebeca, que escuchó la conversación, ideó un plan para que fuera Jacob quien la recibiera en su lugar.
Rebeca vistió a Jacob con las ropas de Esaú y cubrió sus brazos y su cuello con piel de cabrito, para que, al tocarlo, Isaac creyera que tocaba la piel áspera de su hermano mayor. Jacob se presentó ante su padre haciéndose pasar por Esaú, y aunque Isaac dudó al escuchar su voz, terminó por bendecirlo, entregándole la promesa de prosperidad y liderazgo que pertenecía al primogénito.
Cuando Esaú regresó de cazar y descubrió el engaño, su dolor y su ira fueron inmensos. Lloró amargamente ante su padre y juró que, en cuanto Isaac muriera, mataría a Jacob para vengar lo que consideraba un robo doble: primero la primogenitura, y ahora la bendición. Al enterarse de la amenaza, Rebeca aconsejó a Jacob huir a Harán, a casa de su tío Labán, hasta que la ira de su hermano se calmara.
Jacob permaneció muchos años lejos de su tierra, formó una familia numerosa y prosperó bajo la protección de Dios. Pero llegó el momento en que debía regresar a Canaán, y con ello, enfrentar de nuevo a su hermano. El miedo lo acompañó durante todo el camino: envió mensajeros por delante con generosos regalos —rebaños de cabras, ovejas, camellos y ganado— con la esperanza de calmar el enojo de Esaú antes de encontrarse cara a cara.
Cuando por fin se encontraron, Jacob se inclinó siete veces ante su hermano, temiendo lo peor. Pero, para su sorpresa, Esaú corrió a su encuentro, lo abrazó, se echó sobre su cuello y ambos lloraron juntos. El rencor de tantos años se disolvió en aquel abrazo, y los dos hermanos, que habían sido separados por el engaño y la envidia, se reconciliaron sin guardarse ya ningún reproche.
La historia de Jacob y Esaú nos enseña que ni el engaño ni la rivalidad tienen la última palabra: el paso del tiempo, el arrepentimiento y la voluntad de perdonar pueden sanar incluso las heridas más profundas entre hermanos.
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Preguntas frecuentes sobre Jacob y Esaú
Esaú vendió su primogenitura porque regresó hambriento de cazar y, dominado por el deseo inmediato de comer, no valoró el privilegio de largo plazo que representaba ser el hijo mayor. Cambió su herencia por un plato de lentejas.
Por consejo de su madre Rebeca, Jacob se vistió con la ropa de Esaú y cubrió sus brazos con piel de cabrito para imitar el tacto áspero de su hermano. Así engañó a Isaac, que ya era anciano y casi ciego, y recibió la bendición destinada al primogénito.
La primogenitura otorgaba al hijo mayor una doble porción de la herencia familiar, el liderazgo de la familia y, en el caso de los patriarcas, la continuidad de la promesa que Dios había hecho a Abraham. Por eso venderla tenía consecuencias tan graves.
Sí. Años después, cuando Jacob regresó a Canaán, ambos hermanos se reencontraron y, en lugar de la venganza que Jacob temía, Esaú corrió a abrazarlo entre lágrimas. La rivalidad de su juventud dio paso a un sincero perdón mutuo.