En la tierra de Canaán vivía un hombre llamado Jacob, que tenía doce hijos. De todos ellos, había uno al que amaba de una manera especial: José, el hijo que había tenido ya en su vejez. Para demostrarle su cariño, Jacob le regaló una túnica de colores, hermosa y distinta a la de sus demás hermanos.
Aquel regalo despertó envidia en el corazón de sus hermanos, que veían cómo su padre prefería a José por encima de todos ellos. Y las cosas empeoraron cuando José les contó unos sueños: en uno, los manojos de trigo de sus hermanos se inclinaban ante el suyo; en otro, el sol, la luna y once estrellas se inclinaban ante él. Sus hermanos entendieron el mensaje —que algún día José sería más grande que ellos— y el rencor creció todavía más.
Un día, mientras los hermanos pastoreaban el rebaño lejos de casa, Jacob envió a José a ver cómo estaban. Al verlo llegar de lejos, con su túnica de colores, los hermanos tramaron deshacerse de él. Primero pensaron en matarlo, pero finalmente decidieron venderlo a unos mercaderes que pasaban camino a Egipto. Después, mancharon la túnica de José con sangre de animal y se la llevaron a su padre, haciéndole creer que una fiera lo había devorado. El corazón de Jacob quedó destrozado de dolor.
En Egipto, José fue vendido como esclavo en la casa de un oficial del faraón. Allí trabajó con honestidad y Dios lo bendijo en todo lo que hacía, hasta que una falsa acusación lo llevó injustamente a la cárcel. Pero incluso en la prisión, José no perdió la fe: interpretó con acierto los sueños de dos compañeros presos, y uno de ellos, tiempo después, lo recordó ante el faraón cuando este tuvo un sueño que nadie sabía explicar.
José fue llevado ante el faraón y le explicó que Egipto tendría siete años de gran abundancia, seguidos de siete años de terrible hambre. Aconsejó guardar alimento durante los años buenos para poder sobrevivir a los años malos. El faraón quedó tan impresionado con su sabiduría que lo nombró gobernador de todo Egipto, segundo solo después de él.
Cuando llegó el hambre, también se extendió hasta la tierra de Canaán, y Jacob envió a sus hijos a Egipto a comprar grano. Allí se presentaron ante José sin reconocerlo, pues habían pasado muchos años y él ya era un hombre importante. José, en cambio, sí los reconoció, y tras ponerlos a prueba para ver si habían cambiado de corazón, finalmente se dio a conocer entre lágrimas: «Yo soy José, su hermano».
En lugar de guardar rencor, José los abrazó y los perdonó, diciéndoles que lo que ellos habían pensado para hacerle mal, Dios lo había usado para bien, salvando así a muchas vidas del hambre. Poco después, toda la familia de Jacob se trasladó a Egipto, y José pudo volver a abrazar a su padre después de tantos años de separación.
La historia de José nos enseña que, incluso en los momentos más difíciles, la fe y la honestidad pueden convertir el dolor en una bendición para muchos, y que el perdón siempre es más grande que la venganza.
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